El punto de partida de la obra es la observación del pluralismo moral que se observa en la sociedad. Este hecho es muy real en la sociedad donde el autor vive. Según Engelhardt, ante esta diversidad de principios morales, la bioética tiene el papel de descubrir qué argumentos son de recibo en el heterogéneo cóctel social. Las opiniones de un determinado subgrupo deben quedar para él, mientras que en el escenario de una sociedad abierta se impone la tolerancia absoluta con las opiniones de los otros grupos. El objetivo de la bioética es alcanzar unos principios de aceptación general entre los grupos sociales, de modo que sea posible la coexistencia de los grupos heterogéneos. Por tanto, el primer principio es que ningún grupo puede arrogarse la posesión de la verdad y que todos debemos plegarnos a unos principios generales firmemente establecidos. Engelhardt los determina y expone en su obra: se sitúa así por encima de las discusiones de los demás mortales.
Esos principios, que ocupan un plano superior privilegiado, deben apoyarse en sólidos fundamentos científicos y, en primer lugar, en lo que determina un estudio cientifista de lo que significa ser persona. El resultado es lo que está en muchos ambientes bioéticos estadounidenses: persona es lo que tiene autoconciencia y, en virtud de ella, puede ejercer un papel en las relaciones sociales. Aunque la solidez de la argumentación de Engelhardt es, más que discutible, difícilmente aceptable, una vez llegado a sus conclusiones, deduce coherentemente de ellas que, por ejemplo, los no nacidos, los recién nacidos, los dementes y los comatosos, quedan casi reducidos a cosas que sólo deben recibir atención sanitaria si alguien, sin razones científicas que lo sustenten, lo quiere así. El aborto, el infanticidio, la eutanasia y otros atentados contra la vida deberían estar socialmente admitidos; aunque algún grupo, debido a sus convicciones particulares, no los quiera practicar, no puede pretender imponer su punto de vista al resto de la sociedad.






