Para 1905 Joyce ya tenía planeado escribir una serie de historias cortas independientes que se unirían en Dublineses para formar una obra redonda y compacta. Esta peculiar y memorable novela no se publicó hasta 1914, tras algunas pequeñas concesiones editoriales. Sin embargo, James Joyce siempre se negó en redondo a omitir historias o a cambiar el orden de las mismas.
Y es que nada en Dublineses es aleatorio. Cada una de las quince historias que la conforman aporta su particular pincelada al retrato colectivo implícito en el título: las tres primeras nos hablan de la infancia; las cuatro siguientes, de la adolescencia; las siguientes, de la madurez; las últimas, de la vida pública. Así, asistimos al desarrollo -¿o tal vez degeneración?- de este protagonista múltiple que se nutre de cada protagonista particular y que crece no sólo en cuanto a temática sino en cuanto a forma. Ejemplo: las historias protagonizadas por niños están narradas en primera persona, pero en cuanto pasamos a la adolescencia encontramos diferentes juegos de focalización narrativa en tercera persona.






