El autor se muestra aquí de una manera no sólo directa, certera y clara respecto de lo que podríamos llamar los pilares de la cultura, sino de una forma tan fría e incisiva que resulta de todo punto inútil el eludir su planteamiento. El mismo Nietzsche beligerante dijo de sí: “Alguien que quiera hacerse una idea de hasta qué punto todo estaba cabeza abajo antes de mí, que empiece por este escrito”.
Y pronto, lector, habrás de entrar en batalla: “A mí mismo esta irreverencia, a saber, que los grandes sabios son tipos de la decadencia, se me ocurrió por vez primera precisamente en un caso en que el prejuicio docto e indocto se le opone con máxima fuerza: yo reconocí a Sócrates y a Platón como síntomas de decaimiento, como instrumentos de la disolución griega, como pseudogriegos, como antigriegos”.
Y continúa un poco más adelante: “Sócrates pertenecía, por su ascendencia, al pueblo más bajo: Sócrates era plebe. Se sabe (¡!), incluso todavía se ve, qué feo era. Pero la fealdad, una objeción en sí, es entre griegos casi una refutación (…). Cuando se tiene necesidad de hacer de la razón un tirano como hizo Sócrates, tiene que haber un peligro no pequeño de que otra cosa haga de tirano. Entonces se adivinó la racionalidad como salvadora, ni Sócrates ni sus ‘enfermos’ eran libres de ser racionales. El fanatismo con que toda la reflexión griega se lanza a la racionalidad delata una situación crítica: se estaba en peligro, se tenía una única elección: o bien perecer o bien ser absurdamente racionales”.






