La novela está estructurada en capítulos cortos. Los impares cuentan la vida de Flora y los pares la de su nieto. El marco de cada una de las historias es la última etapa de sus vidas, y a partir de un pequeño detalle de la actualidad se desencadena el recuerdo y se explica toda una época anterior. En el caso de Flora Tristán, la época sobre la que se trabaja son los últimos meses de su vida, en los que recorría las ciudades francesas para recabar fondos y adeptos a su causa. En cuanto a Paul Gaughin, el marco son los viajes al Extremo Oriente y sus peripecias en torno a la vida de los indígenas.
El paraíso en la otra esquina, aunque carece de la fuerza narrativa de otras del mismo autor, sorprende por la destreza en la narración y el modo de conectar los sucesos de diversas épocas, por la cantidad de detalles históricos, doctrinas políticas y sociales del XIX, y por el gran conocimiento de las escuelas artísticas de la segunda mitad del siglo. Cabe destacar en este aspecto la especial relación entre Gauguin y Van Gogh. Los personajes masculinos resultan más auténticos que los femeninos, como suele ser habitual en las obras del peruano. Por eso, siempre parece más verosímil la vida del pintor que la lucha de Flora Tristán, que permanece en un marco más convencional. Los continuos ataques a la Iglesia católica (oscurantista y aliada del capital que esclaviza al obrero), al matrimonio y a la moral sexual llegan a resultar tópicos.






